Mesa barroca con ecos renacentistas
Diseñada para tapa de cristal de 135 cm ∅ (no inclida)
Información adicional
| Ancho | 125 cm (∅) |
|---|---|
| Alto | 75 cm |
| Peso | 70 kg |
Columnas de estilo renacentista, presentando su seriedad y fortaleza, ocupan de este trabajo los cuatro puntos diagonalmente opuestos, como las esquinas de una gran plataforma metálica, que fijan de modo contundente todo el conjunto artístico de esta enorme obra.
Patas con marcadas hendiduras a mil grados de calor, por el pesado degüello herramiento de forja y que, estampado, intenta aparentar las garras de león en la parte de contacto con el suelo. El alzado, o trazo principal de estas cuatro importantes piezas lo forma una corta línea recta en geométrica unión con las abundantes curvas, y de distintos radios, que encuentran planos de visible belleza que ese hierro forjado, con mimo, nunca nos niega.
Soportes protectores de bronce que fueron diseñados en primer lugar por su maqueta hecha de madera, buscando arropar de algún modo las sinuosas formas de las garras de león. Posteriormente, sirviendo de modelo, se funden en bronce, material este más difícil de oxidar y así proteger al hierro de cualquier incidencia en el suelo que lo acoge. Cuatro tornillos diminutos, con remates piramidales, sujetan los bronces a las garras para que nunca sean desplazadas de su cometido.
Las ocho piezas del más puro Barroco, asidas a las columnas renacentistas, se unen en contraste de estilos, lanzando un atractivo cuadro entre líneas sobrias y rectas del Renacimiento y las uniones de las cincuenta y seis curvas que conforman el alzado y planta de estos ocho componentes de la parte gruesa del cuerpo.
Es importante añadir a este duro trabajo el embellecimiento en el contorno de sus planos por un rosario de concavidades realizadas golpe a golpe en continuidad, con la bola del martillo, dejando bien visible esa huella tan particular para comunicar lo que significa el trabajo de un forjador, de un artista, con alma secular.
En número de treinta y dos tornillos, realizados a mano, y para evitar soldaduras o remaches con el fin de que tan exigente obra pueda ser, si fuera el caso, el proceder a despiezar casi totalmente para un posible traslado.
Los tornillos artesanales tienen en su cabeza cuatro planos de apriete y otros cuatro planos triangulares cuyo vértice superior es uno común donde convergen los cuatro dibujando una correcta pirámide para así, una vez más, la belleza del cuerpo principal formado por las ocho piezas descritas anteriormente, se asiente. Ahí están esos tornillos roscados a las columnas para evitar la presencia de las tuercas que no favorecerían la belleza de esta monumental obra.
Cruz de Calatrava. Avatares de batallas, de héroes como Fray Raimundo de Fitero y Fray Diego Velázquez, monástico y anteriormente soldado. Personajes que defienden a Calatrava después de que distintos personajes se negaran a hacerlo y dan, entre otros, origen a esta Orden de Calatrava aprobada por el Papa Alejandro III siete años más tarde, 1164.
Entusiasmado siempre el autor por las pistas de la Historia, le llama poderosamente la atención lo significativo de esa Orden en el devenir de los siglos, y por su esencial aportación en esa búsqueda de estilos mestizo que desde siempre este artista buscó.
Por eso hace un meditado estudio para la planta superior de la mesa, la que ha de estar en contacto con el estudioso, o con las manos de refinados comensales, pensadores o individuos sin más dados a una posible meditación. Ahí está la Cruz de Calatrava. Este cuadro superior está compuesto por sus brazos que diametralmente opuestos, y dirigiéndose al centro, rematan para aumentar el arte de estas cuatro piezas en heráldica flor de lis, diminutas e incisivas preceden y defienden de las mayores de este singular cuadro superior.
Todas las partes de esta obra son rematadas y adornadas con las huellas de continuos golpes en forma de rosario, producidos por la parte esférica del pesado martillo, momentos estos en los que el forjador ha de poner cerebro y pulso conjuntamente en tensión para no alterar la sucesión e intensidad del golpeado.
Para la unión y sujeción de este plano superior en el que será apoyado el amplio cristal de 1’30 de diámetro se han diseñado y realizado cuatro bloques, compuestos por dos piezas, de cuidada forja en el más puro estilo principal de la obra. Son atornillados estos, por el plano o base inferior, a los extremos altos de las columnas por gruesos tornillos de 16mm por 16mm realizados a mano . Sus cabezas que emulan las torres altas de iglesias rústicas medievales regalan, una vez más, otro eco histórico a esa armónica conjunción de estilos clave en ese concepto artístico innovador, nada repetitivo, que siempre caracteriza la obra de este artesano, imbuido de irrenunciable pasión por la Historia.
Estos cuatro bloques, compuestos como decíamos de dos piezas, llevan en confección trabajos de degollado en hendiduras los relieves aparentando nuevamente garras de león y en los ocho extremos que hay en estas piezas. Y es reseñable también otro trabajo estampado a mano realizado con destajador, simulando una tercera pieza de este conjunto.
Su trazado en el alzado lo componen principalmente curvas de distintos radios en unión geométrica con algún pequeño plano. Como el resto de la obra, adornan el contorno el el rosario descrito ya anteriormente y que no deja de constituir un trabajo artístico, concienciado y coherente, que rubrica de nuevo las intenciones de su autor. Y son unidas por la parte superior a las cuatro cruces de Calatrava mediante tornillos no visibles. Así debe ser para crear una superficie lisa en la que el círculo del gran cristal asiente correctamente y mantenga ante los ojos la majestuosa imagen del conjunto que lo sostiene.
El artista hubiera deseado que el acabado final hubiera sido un pavonado similar al que realizó en esa indescriptible y también enorme obra que fue el sagrario para la parroquia San Juan de la Cruz, en Jaén. Sin embargo, tal y como él dejó escrito “el tiempo y las fuerzas me aconsejan que tan minucioso y pesado trabajo sea retirado de la agenda y proceder a su decoración mediante pintura y patinado a muñequilla, creo que solución razonable, ya que de esta forma se hace destacar, con fuerza y gran visibilidad todas cuantas huellas de la cuidada forja, demostrando de modo bien patente toda esta intención. Y quedando yo satisfecho al demostrar en este último esfuerzo lo conseguido en el embellecimiento de una de mis últimas obras, a pesar de que este campo lo recorro como aficionado, deseando haber conocido todo lo posible de ese lenguaje pictórico que tanto admiro.”
En fin, una obra inmensa para un artista sin medida en esa eterna aventura en busca de la belleza a través del fuego y siempre con su amigo, su hermano, el hierro.





